viernes, 13 de febrero de 2015

Amores y desamores14 de febrero, 2014





Uno está enamorado cuando se da cuenta de que otra persona es única,
Jorge Luis Borges

¿Por qué amamos?, somos los únicos seres de la creación que aman y sienten, que se despiertan por la mañana sonriendo, se duermen esperando hallar al ser amado en el mismo sueño.

Amamos y desamamos, es un péndulo, va y viene, traza figuras, círculos, elipses, anchas y angostas, largas y pequeñas, a veces se detiene, pero siempre, siempre sigue.

Que los amores iluminen su vida, que los desamores les den días nublados, así al final habrán vivido.

Con afecto.

Alejandro, 14 de febrero, 2015

Psique y Eros

En una ciudad de Grecia había un rey y una reina que tenían tres hijas. Las dos primeras eran hermosas. Para ensalzar la belleza de la tercera, llamada Psique, no es posible hallar palabras en el lenguaje humano. Tan hermosa era que sus conciudadanos, y un buen número de extranjeros, acudían a admirarla. Incluso dieron en compararla a la propia Venus, y no advirtieron que, al descuidar los ritos debidos a esta diosa, tal vez estaban atrayendo sobre la bella y bondadosa joven un destino funesto. Venus, la diosa que está en el origen de todos los seres, herida en su orgullo, encargó a su hijo Eros: “Haz que Psique se inflame de amor por el más horrendo de los monstruos” y, dicho esto, se sumergió en el mar con su cortejo de nereidas y delfines.

Psique, con el correr del tiempo, fue conociendo el precio amargo de su hermosura. Sus hermanas mayores se habían casado ya, pero nadie se había atrevido a pedir su mano: al fin y al cabo, la admiración es vecina del temor… Sus padres consultaron entonces al oráculo: “A lo más alto contestó la llevarás del monte, donde la desposará un ser ante el que tiembla el mismo Júpiter”. El corazón de los reyes se heló, y donde antes hubo loas, todo fueron lágrimas por la suerte fatal de la bella Psique. Ella, sin embargo, avanzó decidida al encuentro de la desdicha.

Sobre un lecho de roca quedó muerta de miedo Psique, en lo alto del monte, mientras el fúnebre cortejo nupcial se retiraba. En estas que se levantó un viento, se la llevó en volandas y la depositó suavemente en una pradera cuajada en flor. Tras el estupor inicial Psique se adormeció. Al despertar, la joven vio junto al prado una fuente, y más allá un palacio. Entró en él y quedó asombrada por la factura del edificio y sus estancias; su asombro creció cuando unas voces angélicas la invitaron a comer de espléndidos platos y a acostarse en un lecho. Cayó entonces la noche, y en la oscuridad sintió Psique un rumor. Pronto supo que su secreto marido se había deslizado junto a ella. La hizo suya, y partió antes del amanecer.
 
Pasaron los días por la soledad de Psique, y con ellos sus noches de placer. En una ocasión su desconocido marido le advirtió: “Psique, tus hermanas querrán perderte y acabar con nuestra dicha”. “Más añoro mucho su compañía dijo ella entre sollozos. Te amo apasionadamente, pero querría ver de nuevo a los de mi sangre”. “Sea “, contestó el marido, y al amanecer se escurrió una vez más de entre sus brazos. De día aparecieron junto a palacio sus hermanas y le preguntaron, envidiosas, quién era su rico marido. Ella titubeó, dijo que un apuesto joven que ese día andaba de caza y, para callar su curiosidad, las colmó de joyas. Poco antes de que anocheciera, Psique tranquilizó a sus hermanas y las despidió hasta otra ocasión.
 
Con el tiempo, y como no podía ser de otra forma, Psique quedó encinta. Pidió entonces a su marido que hiciera llegar a sus hermanas de nuevo, ya que quería compartir con ellas su alegría. Él rezongó pero, tras cruzar parecidas razones, acabó accediendo. Al día siguiente llegaron junto a palacio sus hermanas. Felicitaron a Psique, la llenaron de besos y de nuevo le preguntaron por su marido. “Está de viaje, es un rico mercader, y a pesar de su avanzada edad…” Psique se sonrojó, bajó la cabeza y acabó reconociendo lo poco que conocía de él, aparte de la dulzura de su voz y la humedad de sus besos…Tiene que ser un monstruo “, dijeron ellas, aparentemente horrorizadas, “la serpiente de la que nos han hablado. Has de hacer, Psique, lo que te digamos o acabará por devorarte”. Y la ingenua Psique asintió.

Cuando esté dormido, dijeron las hermanas, coge una lámpara y este cuchillo y córtale la cabeza”. Enseguida partieron, y dejaron sumida a Psique en un mar de turbaciones. Pero cayó la noche, llegó con ella el amor que acostumbraba y, tras el amor, el sueño. La curiosidad y el miedo tiraban de Psique, que se revolvía entre las sábanas. Decidida a enfrentar al destino, sacó por fin de bajo la cama el cuchillo y una lámpara de aceite. La encendió y la acercó despacio al rostro de su amor dormido. Era… el propio dios Eros, joven y esplendoroso: unos mechones dorados acariciaban sus mejillas, en el suelo el carcaj con sus flechas. La propia lámpara se avivó de admiración; la lámpara, sí, y una gota encendida de su aceite cayó sobre el hombro del dios, que despertó sobresaltado.
 
Al ver traicionada su confianza, Eros se arrancó de los brazos de su amada y se alejó mudo y pesaroso. En la distancia se volvió y dijo a Psique: “Llora, sí. Yo desobedecí a mi madre Venus desposándote. Me ordenó que te venciera de amor por el más miserable de los hombres, y aquí me ves. No pude yo resistirme a tu hermosura. Y te amé… Que te amé, tú lo sabes. Ahora el castigo a tu traición será perderme”. Y dicho esto se fue. Quedó Psique desolada y se dedicó a vagar por el mundo buscando recuperar, inútilmente, el favor de los dioses: la cólera de Venus la perseguía. La diosa finalmente dio con ella, menospreció el embarazo de la joven, le dio unos cuantos leves golpes y la encerró con sus sirvientas Soledad y Tristeza.

El caso es que Venus decidió someter a Psique a varias pruebas, convencida de que no podría superarlas; mas acudieron en ayuda de la joven las compasivas hormigas, las cañas de los ríos y las aves del cielo. La última prueba, en cambio, fue la más terrible: Psique bajó a los infiernos en busca de una cajita que contenía hermosura divina. En el camino de regreso, sin embargo, quiso ella misma ponerse un poco y, al abrir la caja, un sueño insoportable se abatió sobre ella. Y habría muerto, de no ser porque Eros, su loco enamorado, acudió a despertarla: “Lleva rápidamente la cajita a mi madre, que yo intentaré arreglarlo todo” dijo, y se fue volando. En la morada de los dioses, a petición de Eros, Zeus determinó que los amantes podían vivir juntos. Así que Hermes raptó a Psique y la llevó al cielo, donde se hizo inmortal. Y fueron juntos felices Eros y Psique y a su debido tiempo tuvieron una niña a la que en la tierra llamamos Voluptuosidad.
  

  

Un hombre, al menos, es libre;
puede recorrer las pasiones y los países, atravesar los obstáculos,
gustar los placeres más lejanos. Pero a una mujer esto le está continuamente vedado. 
Fuerte y flexible a la vez, tiene en contra de sí la flojez de la carne 
con las dependencias de la ley. Su voluntad, como el velo de su sombrero sujeto por un cordón, palpita a todos los vientos; siempre hay algún deseo que arrastra, 
pero alguna conveniencia social que retiene.
Gustave Flaubert, Madame Bovary, Segunda Parte - Capítulo III

Madame Bovary
Gustave Flaubert

1ª PARTE
Carlos Bobary y su mujer Emma Bobary tienen por hijo a Charl Bobary quien entra en el colegio de Rúan, antes de este echo estuvo recibiendo clases de latín por parte del cura de la parroquia, y fue enseñado por su madre a leer y a escribir. Su padre era un viejo avinagrado que vivió de la dote de su madre gastando el dinero en el juego, en bebidas y en mujeres. Cuando ya no tuvieron de que vivir la madre de Bobary compro una granja y la regento ganando el dinero suficiente como para subsistir.

Cuando Charls terminó el bachillerato ingresó en la facultad de medicina por petición de su madre. Era un alumno aplicado hasta que falto a su primera clase y se dedicó a la vida nocturna jugando al domino en bares de mala categoría, fue por aquel entonces cuándo Charls se hizo hombre y experimento su primer amor. Él no aprueba ninguna asignatura y repite por completo el curso, fue así como consiguió el certificado de médico. Una vez terminada la carrera su madre se dedicó a buscarle una mujer y se decidió por una viuda que fingía tener mucho dinero. Charls se casó con ella y vivió durante varios años con la mujer, aunque esta era una vieja celosa que perseguía a los pacientes de su marido para que le pagasen. Fue por esta época cuando Charls conoció a la que iba a ser su segunda mujer, supo que su esposa Eloísa estaba arruinada y tuvo lugar el fallecimiento de ésta. Después de estos hechos, se iniciaron los preparativos de la boda en la que el Charls se iba a casar con la mujer de la que se había enamorado cuando visitaba la casa Rouault, por visitas médicas. Ésta boda duró tres días, después los novios se mudaron a la casa de Carlos en Tostes. Unos años más tarde cuando el amor de Enma por su marido estaba en sus últimas fases Carlos la llevo a una fiesta en un castillo, fue entonces cuando se enamoró de un duque y de todos los lujos y ventajas que ésta clase social poseía. Emma fue enfermando poco a poco de los nervios y su marido preocupado por ésta situación le pidió consejo a un amigo suyo que era especialista y éste le recomendó que se mudasen a vivir a un pueblo tranquilo, fue entonces cuando se mudaron a Yonville, Emma Bovary estaba encinta.
 
2ª PARTE
Ellos (Emma y Charles)  se mudan, Emma Bovary ya se siente frustrada en su matrimonio, casándose no ha conseguido lo que quería puesto que se ha casado con un simple médico vulgar y sus aspiraciones son mayores. Decide, que va a conseguir lo que se propuso y va a ser como las mujeres de las novelas románticas que leía, y conoce a un hombre, Rodolphe el cual llega a ser su amante pero este la abandona. En esta segunda parte Emma ya tiene a su hija Berthe, la cual es puesta en manos a una nodriza que se encarga de su cuidado, y Emma no tiene relación con ella excepto en contadas ocasiones.

Los Bovary viajan a Yonville en tren, el boticario les está esperando para recibirlos, junto con él está un estudiante de derecho llamado León que vive en la planta superior al piso del boticario, enseguida este estudiante conecto con los gustos de Emma y se hicieron grandes amigos. Pocos días después de su llegada a Yonville Emma dio a luz a una niña a la que llamaría Berthe y la puso al cuidado de una nodriza a la que visitaba de vez en cuando. Los primeros días de los esposos Bobary en el pueblo pasaron conociendo a los vecinos, entre tanto la señora Bobary y León se fueron haciendo cada vez más amigos y junto con la rutina pasaron las semanas. Un día León se tuvo que ir a Paris para proseguir con los trabajos de su bufete y Emma se quedó angustiada y melancólica por la marcha de su amigo pues empezaba a crecer en ella un ámbito lujurioso hacía el.

Una tarde apareció en casa de los Bobary un paciente llamado Rodolphe Boulanger de la Hurchette, este quería hacerse una sangría y fue entonces cuando el mancebo conoció a Emma y se propuso conquistarla en las fiestas del pueblo. La protagonista no cedió al ofrecimiento del adulterio en un primer momento pero la insistencia de Rodolphe, y sus palabras de amor terminaron convenciéndola, entregándosele en medio del bosque. Desde ese día Emma no vivía más que para su amor, se veían a escondidas, se entregaban cartas de amor regalos y cabellos y así los amantes fueron cayendo en una pasión monótona con el paso del tiempo, este hecho a Emma le disgustaba, pues ella veía en Rodolphe la clave de su libertad y el amor ardiente que buscaba en su vida, aunque este se cansó de sus halagos sus palabras y sus gestos, pero aun así no podía dejarla a causa de la singular belleza de Emma, sin embargo se fueron alejando y Rodolphe no acudió a la cita de su amada en un par de días, fue entonces cuando Emma intento amar a su marido y lo animo para operar a Hipólito, un ayudante del hospedaje del pueblo, para operarlo y así arreglar su pie deforme, pero la operación no tuvo éxito y Emma volvió con su amante.

Una vez, cuando la suegra de la Bobary estaba de visita, las dos mujeres mantuvieron una fuerte discusión y Carlos le rogó a su esposa que le pidiera perdón a su madre, esta al final acepto, pero le pidió llorado a Rodolphe que la sacara de allí y así comenzaron los planes de fuga de los amantes. Justo el día de la huida, Rodolphe, le escribió una carta a Emma donde se excusaba por no poder complacerla en este último capricho por propio bien de ella, al recibir la carta Emma, en medio de un cesto de melocotones y leerla, entró en una crisis nerviosa que la tuvo en cama durante todo el invierno hasta bien entrada la primavera, por aquel entonces el señor Lheureux, el mercader, presionaba a Charls para que le pagase las deudas de su esposa y el aludido acabo por firmar un pagaré de mil doscientos francos para el año siguiente. Emma se recuperó refugiando sus penas en la religiosidad, cosa que el señor boticario, el señor Homais amigo íntimo de la familia desaprobaba en gran medida, pero poco a poco la fiebre religiosa de Emma fue desapareciendo por su antiguo orgullo y vanidad. Un día el señor Homais le dijo a Charls que sería buena idea que fuese a ver con su esposa una obra de teatro y Bobary acepto, en medio de la obra se encontraron con León que invito a los casados a quedarse a oír la obra de Lagardy, pero el médico no podía aunque animó a su esposa a quedarse si eso la agradaba.
 
3ª PARTE
La tercera parte, se divide en once capítulos y corresponde a la relación de Emma con su segundo amante León, el cual termina abandonándola, Emma frustrada y perseguida por sus acreedores por gastar más allá de sus posibilidades, decide quitarse la vida con arsénico.

León siguió a los esposos Bobary hasta su hospedaje y al día siguiente entró en la habitación de ellos, allí se encontraba solo Emma, pues su esposo ya se había ido a Yonville. Emma y León establecieron una conversación que duró varias horas y terminó cuando León le confesó su amor a Emma. Esta en un primer momento le rechazo pero quedaron al día siguiente en la iglesia, fue entonces cuando León metió a la señora Bobary en un coche y no la dejo bajar hasta las seis, perdiendo Emma el carruaje que la llevaría a Yonville, sin embargo logró llegar a tiempo a casa. Pasaron unas semanas sin verse y al fin Emma encontró la manera de volver a ver a su amante con la excusa de pedirle consejo para poder conseguir un poder que quería adquirir, y así los amantes pasaron tres días muy lujuriosos. Emma con la excusa de volver a tocar el piano consiguió poder ir una vez a la semana a Ruán y verse con su amante pero con el tiempo, Emma fue dominando a León y volviéndose mas arrogante vanidosa y lujuriosa, hasta llegar al punto en el que la querida parecía él y no ella. Mientras tanto Emma con sus caprichos iba desprendiéndose de toda su fortuna, con pagarés vencidos y renovados al mercader, y así fue como le llegó a casa una notificación de embargo de ocho mil libras. Emma buscó el dinero por todas partes y llegó a ordenarle a León que se lo consiguiera y éste la citó para el día siguiente a las tres, cita a la que León no iba a aparecer, y así se rompió su relación. Emma desesperada y ya en Yonville intentó pedirle el dinero al notario, quien le dijo que se lo daría a cambio de ciertos favores que ella no aceptó en un principio y que él rechazó después. Se dispuso entonces a pedirle el dinero a su antiguo amante pero éste le dijo que no lo tenía, entonces Emma desesperada cogió arsénico de la botica del farmacéutico, se fue para su casa, escribió una carta y se tumbó en el lecho esperando la muerte. Su marido preocupado pidió auxilio al señor Homais, el boticario, y éste llamó a uno de los médicos más importantes de Ruán, que acudió enseguida y le recetó un vomitivo, aún así Emma se murió.

Su marido la enterró con todo lujo de detalles, como ella querría, pero dada la angustia que tenía se murió poco tiempo después, su hija Berta, pasó al cuidado de la abuela paterna y cuando ésta murió fue recogida por una tía que como era pobre la envió a ganarse la vida a una fábrica de hilados.

jueves, 12 de febrero de 2015

Algo sobre el Mississippi, Mark Twain



"Para Adán, el paraíso era donde estaba Eva"
Diarios de Adán y Eva, Mark Twain.


Mark Twain es más, mucho más que el Mississippi, va más allá de Huckleberry Finn y de Tom Sawyer, es un crítico, un espléndido crítico y humanista, tan magnifico –eso creo yo- como Bernard Show, alguien que con alegría caricaturiza, se burla, pero sobre todo abre posibilidades al romper lo que durante demasiado vimos como sagrado, es un gran activista contra la violencia, así denuncia la brutalidad del Demonio Belga y sus esbirros, jauría sin piedad alguna, hoy a manera de un recordatorio les dejo algunos pequeños extractos de tres de sus mejores obras.

Alejandro, febrero, 2015

 
Consejos para niñas pequeñas

“Advice to Little Girls”, “Consejos para niñas pequeñas” fue escrito por Mark Twain en 1865 y hoy en día, teniendo en cuenta el papel de la mujer en la sociedad actual, sigue siendo necesario.

He aquí algunos de los “Consejos para niñas pequeñas”, publicados en 1865, donde Twain da una serie de recomendaciones bien políticamente incorrectas, invitando a las niñas pequeñas a ignorar las restricciones impuestas por la sociedad y a pensar por sí mismas. Todo un desafío:

«Si tu madre te pide que hagas algo, no está bien decirle que no. Es preferible y más conveniente darle a entender que harás lo que te ordena, y después proceder con discreción según los dictados de tu sabio criterio».

«Las niñas buenas no deben ponerle mala cara a sus maestras ante cualquier mínima afrenta. Sólo deben recurrirse a esta medida en circunstancias particularmente graves».

«Recuerda que debes sentirte agradecida a tus padres por el alimento que recibes y por el privilegio que te otorgan de quedarte en casa cuando finges estar enferma para no ir a la escuela. Por eso debes acatar sus pequeñas injusticias, complacer sus caprichitos y tolerar sus pequeñas manías mientras no te harten demasiado».

“Aunque sólo tengas una muñeca de trapo rellena de serrín, y una de tus amiguitas tenga la fortuna de poseer una de la porcelana más cara, debes tratarla con amabilidad. Y no debes intentar intercambiársela a todo costa, a menos que tu conciencia te lo permita y sepas que tienes ocasión de hacerlo”.

“Si en algún momento consideras adecuado castigar a tu hermano, no lo hagas con lodo; nunca, bajo ninguna circunstancia, le eches lodo, porque le ensuciarás la ropa. Es preferible rociarlo con un poco de agua hirviendo, puesto que así obtendrás los resultados deseados. Te asegurarás de que preste atención a las lecciones que tratas de inculcarle enseguida, y al mismo tiempo el agua caliente eliminará las impurezas de su persona y probablemente también de su piel, incluidos los granitos”.
 

La oración de la guerra.

“Fue una época de gran exaltación y emoción. El país se había levantado en armas, había empezado la guerra y en cada pecho ardía el fuego sagrado del patriotismo; se oía el redoble de los tambores y tocaban las bandas de música; tiraban cohetes y un montón de fuegos artificiales zumbaban y chisporroteaban. Allí abajo, a lo lejos, de las manos, tejados y balcones, ondeaba al sol una espesura de banderas brillantes. De día, por la ancha avenida, los jóvenes voluntarios desfilaban alegres y hermosos con sus uniformes; a su paso los orgullosos padres, madres, hermanas y enamoradas los vitoreaban con voces ahogadas por la emoción. De noche, en las concurridas reuniones se escuchaba con admiración la oratoria patriótica que agitaba lo más hondo de sus corazones, y que solía interrumpirse con una tempestad de aplausos, al tiempo que las lágrimas corrían por sus mejillas. En las iglesias los pastores predicaban devoción a la bandera y al país, y en favor de nuestra noble causa imploraban ayuda al dios de las batallas con una elocuencia tan efusiva y fervorosa que conmovía a todos los oyentes.

De hecho, era una época próspera y alegre, y los pocos espíritus temerarios que se aventuraban a desaprobar la guerra y a albergar alguna duda sobre su rectitud, enseguida recibían un castigo tan duro y severo que, para su propia seguridad, inmediatamente retrocedían espantados y no volvían a ofender en ese sentido.

Llegó el domingo por la mañana. Al día siguiente los batallones partirían hacia el frente; la iglesia estaba a rebosar. Y allí estaban los voluntarios, con sus rostros iluminados por visiones y sueños milicianos. ¡El austero avance de tropas, el ímpetu incontenible, el ataque desenfrenado, los sables relucientes, la huida del enemigo, el tumulto, el humo envolvente, la búsqueda feroz y la rendición! ¡Y luego, de regreso al hogar, los héroes condecorados, bienvenidos, venerados, inmersos en un mar de oro de gloria! Al lado de los voluntarios se sentaban sus seres queridos, orgullosos, contentos y envidiados por los vecinos y amigos que no tenían hijos o hermanos a quienes enviar al campo de honor, para vencer por la bandera o, caso contrario, sucumbir a la más noble de las muertes nobles. El servicio religioso continuó. Se leyó un capítulo del Antiguo Testamento sobre la guerra y se rezó la primera plegaria, seguida de un estallido del órgano que sacudió el edificio. Y de un impulso la congregación se levantó con brillo en los ojos y latidos en el corazón: «¡Dios Todopoderoso! ¡Tú que ordenas, el trueno es tu trompeta y el rayo tu espada!».

Después vino la oración larga. Nadie recordaba algo semejante por lo apasionado de la súplica y lo conmovedor y bello de su lenguaje. En esencia, la oración pedía al Padre de todos nosotros, benigno y siempre misericordioso, que velara por nuestros nobles y jóvenes soldados y les proporcionara auxilio, consuelo y ánimo en el afán de su patriótica tarea; que los bendijera y protegiera con Su poderosa mano en la batalla; que los fortaleciera y les diera confianza para que fueran invencibles en el ataque sangriento; que les ayudara a aplastar al enemigo y les concediera, tanto a ellos como a su patria y su bandera, la gloria y el honor imperecederos.

Un anciano extraño entró y con paso lento y callado avanzó por el pasillo, con los ojos clavados en el clérigo. Tenía un cuerpo alto e iba vestido con una túnica que le llegaba a los pies, llevaba la cabeza descubierta, una vaporosa cascada de cabello cano le caía sobre los hombros y tenía la cara arrugada y exageradamente pálida, casi fantasmal. Llenos de asombro, todos le seguían con la mirada mientras se encaminaba al altar en silencio y sin pausa, hasta que se detuvo a la par del clérigo y se quedó allí esperando de pie.

El clérigo, con los ojos cerrados, no se había percatado de la presencia del extraño y prosiguió con su oración conmovedora hasta terminar con las siguientes palabras, pronunciadas con gran fervor: «¡Bendice nuestras almas, concédenos la victoria, Oh Señor Nuestro, Dios, Padre y Protector de nuestra tierra y nuestra bandera!».

El extraño le tocó el brazo y le hizo señas para que se apartara -a lo que accedió el desconcertado clérigo- y ocupó su lugar. Durante unos momentos, con ojos solemnes que emanaban una luz extraordinaria, contempló detenidamente a la audiencia embelesada. Entonces con una voz profunda dijo: «Vengo del Trono. Soy portador de un mensaje de Dios Todopoderoso». Las palabras golpearon a la congregación como en un seísmo; si el extraño lo percibió no hizo ningún caso. «El ha escuchado la oración de Su siervo, vuestro pastor, y se concederán sus peticiones si ése es vuestro deseo después que yo, Su mensajero, os haya explicado su significado, es decir, todo su significado. Pues sucede lo que en la mayoría de las oraciones de los hombres; el que las pronuncia pide mucho más de lo que es consciente, salvo que se detenga y se ponga a meditar».

«Vuestro Siervo de Dios ha rezado su plegaria. ¿Ha reflexionado sobre lo que ha dicho? ¿Es acaso una sola oración? No; son dos -una pronunciada y la otra no-. Ambas han llegado a los oídos de Aquel que escucha todas las súplicas, tanto las anunciadas como las guardadas en silencio. Ponderad esto y guardadlo en la memoria. Si rezas una plegaria en tu beneficio ¡ten cuidado! no sea que sin querer invoques al mismo tiempo una maldición sobre el vecino. Si rezas una oración para que llueva sobre tu cosecha, mediante ese acto quizá estés implorando que caiga una maldición sobre la cosecha de alguno de tus vecinos que probablemente no necesite agua y resulte así dañada».

«Han escuchado la oración de vuestro siervo -la parte enunciada-.Yo he sido encargado por Dios para poner en palabras la otra parte, aquélla que el pastor -al igual que ustedes en sus corazones- rezaron en silencio. ¿Con ignorancia y sin reflexionar? ¡Dios asegura que así fue! Oísteis estas palabras: 'Concédenos la victoria, Oh Señor Nuestro Dios'. Eso es suficiente. La oración pronunciada está íntimamente ligada a esas palabras fecundas. No han sido necesarias las explicaciones. Cuando habéis rezado por la victoria, habéis rezado por las muchas consecuencias no mencionadas que resultan de la victoria -debe ser así y no se puede evitar-.El espíritu atento de Dios Padre acogió también la parte no pronunciada de la oración. Me encargó que la expresara con palabras. ¡Escuchad!».

«Oh Señor, nuestro Padre, nuestros jóvenes patriotas, ídolos de nuestros corazones, salen a batallar. ¡Mantente cerca de ellos! Con ellos partimos también nosotros -en espíritu- dejando atrás la dulce paz de nuestros hogares para aniquilar al enemigo. ¡Oh Señor nuestro Dios, ayúdanos a destrozar a sus soldados y convertirlos en despojos sangrientos con nuestros disparos; ayúdanos a cubrir sus campos resplandecientes con la palidez de sus patriotas muertos; ayúdanos a ahogar el trueno de sus cañones con los quejidos de sus heridos que se retuercen de dolor, ayúdanos a destruir sus humildes viviendas con un huracán de fuego; ayúdanos a acongojar los corazones de sus viudas inofensivas con aflicción inconsolable; ayúdanos a echarlas de sus casas con sus niñitos para que deambulen desvalidos por la devastación de su tierra desolada, vestidos con harapos, hambrientos y sedientos, a merced de las llamas del sol de verano y los vientos helados del invierno, quebrados en espíritu, agotados por las penurias, te imploramos que tengan por refugio la tumba que se les niega -por el bien de nosotros que te adoramos, Señor-, acaba con sus esperanzas, arruina sus vidas, prolonga su amargo peregrinaje, haz que su andar sea una carga, inunda su camino con sus lágrimas, tiñe la nieve blanca con la sangre de las heridas de sus pies! Se lo pedimos, animados por el amor, a Aquel quien es Fuente de Amor, sempiterno y seguro refugio y amigo de todos aquellos que padecen. A El, humildes y contritos, pedimos Su ayuda. Amén».

(Después de una pausa)

«Así es como lo habéis rezado. ¡Si todavía lo deseáis, hablad! El mensajero del Altísimo aguarda».

s tarde se creyó que el hombre era un lunático porque no tenía sentido nada de lo que había dicho.
 
Diarios de Adán y Eva.
 Lunes.
Esta criatura nueva de pelo largo es bastante entrometida. Siempre está dando vueltas a mi alrededor, siguiéndome a todas partes. No me gusta esto; no estoy acostumbrado a la compañía. Ojalá se quedase con los demás animales... Está nublado hoy, hay viento del Este; creo que nos tocará lluvia... ¿nos? ¿De dónde saqué esa palabra? Ahora me acuerdo: la criatura nueva la usa.

Martes.
Estuve investigando la gran caída de agua. Es lo más lindo del lugar, creo. La nueva criatura la llama Cataratas del Niágara; el por qué no estoy seguro de saberlo. Dice que parecen las Cataratas del Niágara. Esa no es una razón, es mero capricho e imbecilidad. No tengo manera de ponerle yo el nombre a nada. La nueva criatura le pone nombre a todo lo que se le aparece, antes de darme tiempo siquiera a protestar. Y siempre con el mismo pretexto: parece tal cosa. Por ejemplo, el dodo. Dice que no bien uno lo mira, se da cuenta de inmediato de que ¨parece un dodo¨. No hay duda de que tendrá que quedarse con ese nombre. Me fastidia tener que enojarme por estas cosas y, de todos modos, no tiene sentido. ¡Dodo! Se parece a un dodo tanto como yo.

Miércoles.
Me construí un refugio para la lluvia, pero no pude disfrutarlo en paz. La nueva criatura se entrometió. Cuando intenté echarla, dejó caer agua por los agujeros con los que mira, y se los limpió frotándose con el dorso de sus garras, y produjo un ruido como el que hacen algunos de los demás animales cuando están lastimados. Ojalá no hablase; está siempre hablando. Esto suena como una burla fácil a la pobre criatura, una difamación; pero no es esa mi intención. Nunca he escuchado antes la voz humana, y cualquier sonido nuevo y extraño que moleste la quietud grave de estas soledades de ensueño ofende mi oído y suena como una nota falsa. Y este sonido nuevo está tan cerca de mí; encima de mi hombro, justo en mi oreja, primero de un lado y después del otro, y yo estoy acostumbrado a sonidos más o menos lejanos.

Viernes.
La actividad de poner nombres a todas las cosas avanza de manera temeraria, a pesar de lo que yo haga. Tenía un nombre muy bueno para el lugar, era musical y elegante: JARDÍN DEL EDÉN. En privado sigo llamándolo así, pero no más en público. La nueva criatura dice que es todo bosques y rocas y paisajes, y que por lo tanto no se parece en nada a un jardín. Dice que parece un parque, y no se parece a nada sino a un parque. En consecuencia, sin consultarme, le ha puesto un nuevo nombre: PARQUE DE LAS CATARATAS DEL NIÁGARA. Esto es el colmo de la arbitrariedad, creo yo. Y ya hay un letrero:

NO PISE EL CÉSPED

Mi vida ya no es feliz como lo era antes.

Sábado.
La nueva criatura come demasiada fruta. Lo más probable es que se nos acabe. ¨Nos¨ otra vez: esa palabra que eso suele usar; también yo, ahora, al escucharla tanto. Mucha niebla esta mañana. Nunca salgo cuando hay niebla. La nueva criatura sí lo hace. Sale bajo cualquier clima, y entra chapoteando con los pies embarrados. Y habla. Este solía ser un lugar tan agradable y tan calmo.

Domingo
Pasable. Este día va a ser cada vez más y más difícil. Fue seleccionado y puesto aparte en noviembre pasado como día de descanso. Antes tenía seis por semana. Esta mañana encontré a la nueva criatura tratando de arrancar manzanas de aquel árbol prohibido.

Lunes.
La nueva criatura dice que su nombre es Eva...