jueves, 12 de febrero de 2015

Algo sobre el Mississippi, Mark Twain



"Para Adán, el paraíso era donde estaba Eva"
Diarios de Adán y Eva, Mark Twain.


Mark Twain es más, mucho más que el Mississippi, va más allá de Huckleberry Finn y de Tom Sawyer, es un crítico, un espléndido crítico y humanista, tan magnifico –eso creo yo- como Bernard Show, alguien que con alegría caricaturiza, se burla, pero sobre todo abre posibilidades al romper lo que durante demasiado vimos como sagrado, es un gran activista contra la violencia, así denuncia la brutalidad del Demonio Belga y sus esbirros, jauría sin piedad alguna, hoy a manera de un recordatorio les dejo algunos pequeños extractos de tres de sus mejores obras.

Alejandro, febrero, 2015

 
Consejos para niñas pequeñas

“Advice to Little Girls”, “Consejos para niñas pequeñas” fue escrito por Mark Twain en 1865 y hoy en día, teniendo en cuenta el papel de la mujer en la sociedad actual, sigue siendo necesario.

He aquí algunos de los “Consejos para niñas pequeñas”, publicados en 1865, donde Twain da una serie de recomendaciones bien políticamente incorrectas, invitando a las niñas pequeñas a ignorar las restricciones impuestas por la sociedad y a pensar por sí mismas. Todo un desafío:

«Si tu madre te pide que hagas algo, no está bien decirle que no. Es preferible y más conveniente darle a entender que harás lo que te ordena, y después proceder con discreción según los dictados de tu sabio criterio».

«Las niñas buenas no deben ponerle mala cara a sus maestras ante cualquier mínima afrenta. Sólo deben recurrirse a esta medida en circunstancias particularmente graves».

«Recuerda que debes sentirte agradecida a tus padres por el alimento que recibes y por el privilegio que te otorgan de quedarte en casa cuando finges estar enferma para no ir a la escuela. Por eso debes acatar sus pequeñas injusticias, complacer sus caprichitos y tolerar sus pequeñas manías mientras no te harten demasiado».

“Aunque sólo tengas una muñeca de trapo rellena de serrín, y una de tus amiguitas tenga la fortuna de poseer una de la porcelana más cara, debes tratarla con amabilidad. Y no debes intentar intercambiársela a todo costa, a menos que tu conciencia te lo permita y sepas que tienes ocasión de hacerlo”.

“Si en algún momento consideras adecuado castigar a tu hermano, no lo hagas con lodo; nunca, bajo ninguna circunstancia, le eches lodo, porque le ensuciarás la ropa. Es preferible rociarlo con un poco de agua hirviendo, puesto que así obtendrás los resultados deseados. Te asegurarás de que preste atención a las lecciones que tratas de inculcarle enseguida, y al mismo tiempo el agua caliente eliminará las impurezas de su persona y probablemente también de su piel, incluidos los granitos”.
 

La oración de la guerra.

“Fue una época de gran exaltación y emoción. El país se había levantado en armas, había empezado la guerra y en cada pecho ardía el fuego sagrado del patriotismo; se oía el redoble de los tambores y tocaban las bandas de música; tiraban cohetes y un montón de fuegos artificiales zumbaban y chisporroteaban. Allí abajo, a lo lejos, de las manos, tejados y balcones, ondeaba al sol una espesura de banderas brillantes. De día, por la ancha avenida, los jóvenes voluntarios desfilaban alegres y hermosos con sus uniformes; a su paso los orgullosos padres, madres, hermanas y enamoradas los vitoreaban con voces ahogadas por la emoción. De noche, en las concurridas reuniones se escuchaba con admiración la oratoria patriótica que agitaba lo más hondo de sus corazones, y que solía interrumpirse con una tempestad de aplausos, al tiempo que las lágrimas corrían por sus mejillas. En las iglesias los pastores predicaban devoción a la bandera y al país, y en favor de nuestra noble causa imploraban ayuda al dios de las batallas con una elocuencia tan efusiva y fervorosa que conmovía a todos los oyentes.

De hecho, era una época próspera y alegre, y los pocos espíritus temerarios que se aventuraban a desaprobar la guerra y a albergar alguna duda sobre su rectitud, enseguida recibían un castigo tan duro y severo que, para su propia seguridad, inmediatamente retrocedían espantados y no volvían a ofender en ese sentido.

Llegó el domingo por la mañana. Al día siguiente los batallones partirían hacia el frente; la iglesia estaba a rebosar. Y allí estaban los voluntarios, con sus rostros iluminados por visiones y sueños milicianos. ¡El austero avance de tropas, el ímpetu incontenible, el ataque desenfrenado, los sables relucientes, la huida del enemigo, el tumulto, el humo envolvente, la búsqueda feroz y la rendición! ¡Y luego, de regreso al hogar, los héroes condecorados, bienvenidos, venerados, inmersos en un mar de oro de gloria! Al lado de los voluntarios se sentaban sus seres queridos, orgullosos, contentos y envidiados por los vecinos y amigos que no tenían hijos o hermanos a quienes enviar al campo de honor, para vencer por la bandera o, caso contrario, sucumbir a la más noble de las muertes nobles. El servicio religioso continuó. Se leyó un capítulo del Antiguo Testamento sobre la guerra y se rezó la primera plegaria, seguida de un estallido del órgano que sacudió el edificio. Y de un impulso la congregación se levantó con brillo en los ojos y latidos en el corazón: «¡Dios Todopoderoso! ¡Tú que ordenas, el trueno es tu trompeta y el rayo tu espada!».

Después vino la oración larga. Nadie recordaba algo semejante por lo apasionado de la súplica y lo conmovedor y bello de su lenguaje. En esencia, la oración pedía al Padre de todos nosotros, benigno y siempre misericordioso, que velara por nuestros nobles y jóvenes soldados y les proporcionara auxilio, consuelo y ánimo en el afán de su patriótica tarea; que los bendijera y protegiera con Su poderosa mano en la batalla; que los fortaleciera y les diera confianza para que fueran invencibles en el ataque sangriento; que les ayudara a aplastar al enemigo y les concediera, tanto a ellos como a su patria y su bandera, la gloria y el honor imperecederos.

Un anciano extraño entró y con paso lento y callado avanzó por el pasillo, con los ojos clavados en el clérigo. Tenía un cuerpo alto e iba vestido con una túnica que le llegaba a los pies, llevaba la cabeza descubierta, una vaporosa cascada de cabello cano le caía sobre los hombros y tenía la cara arrugada y exageradamente pálida, casi fantasmal. Llenos de asombro, todos le seguían con la mirada mientras se encaminaba al altar en silencio y sin pausa, hasta que se detuvo a la par del clérigo y se quedó allí esperando de pie.

El clérigo, con los ojos cerrados, no se había percatado de la presencia del extraño y prosiguió con su oración conmovedora hasta terminar con las siguientes palabras, pronunciadas con gran fervor: «¡Bendice nuestras almas, concédenos la victoria, Oh Señor Nuestro, Dios, Padre y Protector de nuestra tierra y nuestra bandera!».

El extraño le tocó el brazo y le hizo señas para que se apartara -a lo que accedió el desconcertado clérigo- y ocupó su lugar. Durante unos momentos, con ojos solemnes que emanaban una luz extraordinaria, contempló detenidamente a la audiencia embelesada. Entonces con una voz profunda dijo: «Vengo del Trono. Soy portador de un mensaje de Dios Todopoderoso». Las palabras golpearon a la congregación como en un seísmo; si el extraño lo percibió no hizo ningún caso. «El ha escuchado la oración de Su siervo, vuestro pastor, y se concederán sus peticiones si ése es vuestro deseo después que yo, Su mensajero, os haya explicado su significado, es decir, todo su significado. Pues sucede lo que en la mayoría de las oraciones de los hombres; el que las pronuncia pide mucho más de lo que es consciente, salvo que se detenga y se ponga a meditar».

«Vuestro Siervo de Dios ha rezado su plegaria. ¿Ha reflexionado sobre lo que ha dicho? ¿Es acaso una sola oración? No; son dos -una pronunciada y la otra no-. Ambas han llegado a los oídos de Aquel que escucha todas las súplicas, tanto las anunciadas como las guardadas en silencio. Ponderad esto y guardadlo en la memoria. Si rezas una plegaria en tu beneficio ¡ten cuidado! no sea que sin querer invoques al mismo tiempo una maldición sobre el vecino. Si rezas una oración para que llueva sobre tu cosecha, mediante ese acto quizá estés implorando que caiga una maldición sobre la cosecha de alguno de tus vecinos que probablemente no necesite agua y resulte así dañada».

«Han escuchado la oración de vuestro siervo -la parte enunciada-.Yo he sido encargado por Dios para poner en palabras la otra parte, aquélla que el pastor -al igual que ustedes en sus corazones- rezaron en silencio. ¿Con ignorancia y sin reflexionar? ¡Dios asegura que así fue! Oísteis estas palabras: 'Concédenos la victoria, Oh Señor Nuestro Dios'. Eso es suficiente. La oración pronunciada está íntimamente ligada a esas palabras fecundas. No han sido necesarias las explicaciones. Cuando habéis rezado por la victoria, habéis rezado por las muchas consecuencias no mencionadas que resultan de la victoria -debe ser así y no se puede evitar-.El espíritu atento de Dios Padre acogió también la parte no pronunciada de la oración. Me encargó que la expresara con palabras. ¡Escuchad!».

«Oh Señor, nuestro Padre, nuestros jóvenes patriotas, ídolos de nuestros corazones, salen a batallar. ¡Mantente cerca de ellos! Con ellos partimos también nosotros -en espíritu- dejando atrás la dulce paz de nuestros hogares para aniquilar al enemigo. ¡Oh Señor nuestro Dios, ayúdanos a destrozar a sus soldados y convertirlos en despojos sangrientos con nuestros disparos; ayúdanos a cubrir sus campos resplandecientes con la palidez de sus patriotas muertos; ayúdanos a ahogar el trueno de sus cañones con los quejidos de sus heridos que se retuercen de dolor, ayúdanos a destruir sus humildes viviendas con un huracán de fuego; ayúdanos a acongojar los corazones de sus viudas inofensivas con aflicción inconsolable; ayúdanos a echarlas de sus casas con sus niñitos para que deambulen desvalidos por la devastación de su tierra desolada, vestidos con harapos, hambrientos y sedientos, a merced de las llamas del sol de verano y los vientos helados del invierno, quebrados en espíritu, agotados por las penurias, te imploramos que tengan por refugio la tumba que se les niega -por el bien de nosotros que te adoramos, Señor-, acaba con sus esperanzas, arruina sus vidas, prolonga su amargo peregrinaje, haz que su andar sea una carga, inunda su camino con sus lágrimas, tiñe la nieve blanca con la sangre de las heridas de sus pies! Se lo pedimos, animados por el amor, a Aquel quien es Fuente de Amor, sempiterno y seguro refugio y amigo de todos aquellos que padecen. A El, humildes y contritos, pedimos Su ayuda. Amén».

(Después de una pausa)

«Así es como lo habéis rezado. ¡Si todavía lo deseáis, hablad! El mensajero del Altísimo aguarda».

s tarde se creyó que el hombre era un lunático porque no tenía sentido nada de lo que había dicho.
 
Diarios de Adán y Eva.
 Lunes.
Esta criatura nueva de pelo largo es bastante entrometida. Siempre está dando vueltas a mi alrededor, siguiéndome a todas partes. No me gusta esto; no estoy acostumbrado a la compañía. Ojalá se quedase con los demás animales... Está nublado hoy, hay viento del Este; creo que nos tocará lluvia... ¿nos? ¿De dónde saqué esa palabra? Ahora me acuerdo: la criatura nueva la usa.

Martes.
Estuve investigando la gran caída de agua. Es lo más lindo del lugar, creo. La nueva criatura la llama Cataratas del Niágara; el por qué no estoy seguro de saberlo. Dice que parecen las Cataratas del Niágara. Esa no es una razón, es mero capricho e imbecilidad. No tengo manera de ponerle yo el nombre a nada. La nueva criatura le pone nombre a todo lo que se le aparece, antes de darme tiempo siquiera a protestar. Y siempre con el mismo pretexto: parece tal cosa. Por ejemplo, el dodo. Dice que no bien uno lo mira, se da cuenta de inmediato de que ¨parece un dodo¨. No hay duda de que tendrá que quedarse con ese nombre. Me fastidia tener que enojarme por estas cosas y, de todos modos, no tiene sentido. ¡Dodo! Se parece a un dodo tanto como yo.

Miércoles.
Me construí un refugio para la lluvia, pero no pude disfrutarlo en paz. La nueva criatura se entrometió. Cuando intenté echarla, dejó caer agua por los agujeros con los que mira, y se los limpió frotándose con el dorso de sus garras, y produjo un ruido como el que hacen algunos de los demás animales cuando están lastimados. Ojalá no hablase; está siempre hablando. Esto suena como una burla fácil a la pobre criatura, una difamación; pero no es esa mi intención. Nunca he escuchado antes la voz humana, y cualquier sonido nuevo y extraño que moleste la quietud grave de estas soledades de ensueño ofende mi oído y suena como una nota falsa. Y este sonido nuevo está tan cerca de mí; encima de mi hombro, justo en mi oreja, primero de un lado y después del otro, y yo estoy acostumbrado a sonidos más o menos lejanos.

Viernes.
La actividad de poner nombres a todas las cosas avanza de manera temeraria, a pesar de lo que yo haga. Tenía un nombre muy bueno para el lugar, era musical y elegante: JARDÍN DEL EDÉN. En privado sigo llamándolo así, pero no más en público. La nueva criatura dice que es todo bosques y rocas y paisajes, y que por lo tanto no se parece en nada a un jardín. Dice que parece un parque, y no se parece a nada sino a un parque. En consecuencia, sin consultarme, le ha puesto un nuevo nombre: PARQUE DE LAS CATARATAS DEL NIÁGARA. Esto es el colmo de la arbitrariedad, creo yo. Y ya hay un letrero:

NO PISE EL CÉSPED

Mi vida ya no es feliz como lo era antes.

Sábado.
La nueva criatura come demasiada fruta. Lo más probable es que se nos acabe. ¨Nos¨ otra vez: esa palabra que eso suele usar; también yo, ahora, al escucharla tanto. Mucha niebla esta mañana. Nunca salgo cuando hay niebla. La nueva criatura sí lo hace. Sale bajo cualquier clima, y entra chapoteando con los pies embarrados. Y habla. Este solía ser un lugar tan agradable y tan calmo.

Domingo
Pasable. Este día va a ser cada vez más y más difícil. Fue seleccionado y puesto aparte en noviembre pasado como día de descanso. Antes tenía seis por semana. Esta mañana encontré a la nueva criatura tratando de arrancar manzanas de aquel árbol prohibido.

Lunes.
La nueva criatura dice que su nombre es Eva...

 

miércoles, 28 de enero de 2015

Sinfonía de las Lamentaciones




 70 años, ya no hay humo en las altas chimeneas, los hornos han desaparecidos, ocultados en su destrucción, las cámaras ya no se llenan de gritos y desesperanza, hoy pareciera que lo sucedido fue un interludio brutal.

En México, no existe una política estatal de exterminio, sin embargo, diferentes actores, escenarios no cambian la trama, el fuego consume, las cenizas quedan.
 
Una de las inscripciones lapidarias de T. W. Adorno que más han circulado dice que, después de Auschwitz, no se puede escribir poemas. Cabría preguntarse por qué después de Auschwitz y no después de cualquier atrocidad anterior más o menos voluminosa. La historia humana puede proveernos de unos cuantos ejemplos.

¿Podemos pensar después de Auschwitz? Sí, podemos y no sólo podemos, sino que debemos. Nuestras locuras son la trágica medida de nuestra racionalidad. Y Auschwitz es Hiroshima, Vietnam, el Gúlag, Afganistán. Se trata de que el terror no nos paralice el pensamiento ni nos haga simpático al verdugo. La tiniebla subsiste, pero es la razón y quizá la excusa para la tarea de la luz.
 
Henyrck Górecki, autor de la "Sinfonía de las Lamentaciones", menciona que las cenizas servían para abonar las coles que crecían entre los barrancones, hoy existen árboles que crecen sobre las tierras abonadas por los miles de cuerpos de las víctimas, así, en cada lugar del mundo, crecen flores, árboles, huertos sobre las victimas para recordarnos que a pesar de nuestra crueldad, de nuestra brutalidad existe la posibilidad de que la vida vuelva a surgir, con más fuerza y belleza que antes.

Esto lo dedico a todos aquellos que fueron impunemente sacrificados, hecatombe y holocausto, en cada campo de exterminio, en Camboya, en Argentina y Chile, en España, en la URSS, en los Balcanes, en las calles, las plazas, los campos de mi pueblo, de mi país.
 
AUSCHWITZ
(A todos los judíos del mundo, mis amigos, mis hermanos)
León Felipe

Esos poetas infernales,
Dante, Blake, Rimbaud...
Que hablen más bajo...
¡Que se callen!

Hoy
cualquier habitante de la tierra
sabe mucho más del infierno
que esos tres poetas juntos.
Ya sé que Dante toca muy bien el violín...
¡Oh, el gran virtuoso!...
Pero que no pretenda ahora
con sus tercetos maravillosos
y sus endecasílabos perfectos
asustar a ese niño judío
que está ahí, desgajado de sus padres...

Y solo.
¡Solo!
Aguardando su turno
en los hornos crematorios de Auschwitz.

Dante... tú bajaste a los infiernos
con Virgilio de la mano
(Virgilio, "gran cicerone")
y aquello vuestro de la Divina Comedia
fue un aventura divertida
de música y turismo.

Esto es otra cosa... otra cosa...
¿Cómo te explicaré?
¡Si no tienes imaginación!
Tú... no tienes imaginación,
acuérdate que en tu "Infierno"
no hay un niño siquiera...

Y ese que ves ahí...
Está solo
¡Solo! Sin cicerone...
Esperando que se abran las puertas del infierno
que tú ¡pobre florentino!
No pudiste siquiera imaginar.
Esto es otra cosa... ¿cómo te diré?

¡Mira! Este lugar donde no se puede tocar el violín.
Aquí se rompen las cuerdas de todos
los violines del mundo.
¿Me habéis entendido, poetas infernales?
Virgilio, Dante, Blake, Rimbaud...
¡Hablad más bajo!

¡Tocad más bajo!...¡Chist!...
¡¡Callaos!!
Yo también soy un gran violinista...
Y he tocado en el infierno muchas veces...
Pero ahora aquí...
Rompo mi violín... y me callo.
 

“Henyrck Górecki - Sinfonía nº 3 Op. 36 "Sinfonía de las Lamentaciones"



domingo, 25 de enero de 2015

Tu desnudez



Siempre he pensado que los columpios tienen algo de mágico. El frenesí de tu cuerpo luchando contra la gravedad, en sintonía con el vaivén de la brisa. Y en el punto más alto tus pies logran tocar el cielo, por un segundo logras olvidar todo y te ves flotando en el aire, por un segundo te convences de que has vencido la caída.
Hoy me desperté dándome cuenta que no estás conmigo, cuanto tiempo hace, no lo recuerdo, fue cuando… ese día había sido como cualquier otro de mi vida, y de pronto todo cambio, sin embargo la vida siguió, fluye de un extremo a otro, como una hoja movida por el viento, y tú, tú ya no estabas aquí, hoy, cuando te busco al lado mío, cuando deseo sentirte solo no hay nada, ya no estás aquí.

Cuando fue, no, no logro recordar, solamente siento muy hondo tu ausencia, hoy que no estás tu ausencia llena todo, no cuando te fuiste, sino cuando mi cama esta vacía.

Yo quisiera saber cuándo te fuiste, no lo recuerdo, no sé si fue de día o de noche, no se llovía o la luna nos acompañaba.
¿Hace cuánto tiempo que no veo una mujer desnuda?, no recuerdo, me viene a la mente lo que lo que en La modelo y el artista le dice Marc Cros a Mercè “Hay dos pruebas de la existencia de Dios. La primera de ellas, y la más importante, es el cuerpo de la mujer.” También descubrimos en El artista y la modelo una referencia a uno de esos relatos que, junto con muchas otras narraciones históricas y literarias, son como la semilla inmortal de la que se alimenta la gran pantalla: Adán y Eva en el jardín del Edén. Este relato nos muestra al hombre y a la mujer originarios en la plenitud de su belleza corpóreo-espiritual. Ambos experimentan la llamada al amor por lo que, antes de la creación de Eva, Adán se siente solo. Cuando Dios le presenta a la primera mujer, Adán experimenta un gozo inefable, por ser “otro yo” igual en su humanidad y una obra perfecta del Creador.

Imagino que es como Orfeo con Eurídice, por veneración al misterio humano reflejado en el cuerpo.
Y es que la experiencia estética es diversa del deseo, pues es más propensa a la serenidad, debido a la distancia de contemplación que se mantiene ante el objeto artístico (obra o modelo natural). Ante lo bello, el deseo descansa no en la posesión o dominio del objeto, sino en su contemplación, André Bazin decía, “si queremos permanecer en el nivel del arte, debemos mantenernos en lo imaginario, al menos de una emoción, cuya realización exige la intimidad.” “Todo es gestar y luego parir. Dejar cumplirse toda impresión y todo germen de un sentir totalmente en sí, en lo oscuro, en lo indecible, en lo inconsciente, en lo inaccesible al propio entendimiento, y aguardar con honda humildad y paciencia la hora del descenso de una nueva claridad: solamente esto se llama vivir como artista.”
Eva no fue creada por Dios de una costilla de Adán, sino que creó a la mujer, con la que concibió a Adán, al que le prohibió acostarse con su madre, castigándolos cuando pese a todo se acostaron.

Después del pecado original, se percatan por primera vez de que están desnudos: “Entonces se abrieron los ojos de ambos y vieron que se hallaban desnu­dos” (Génesis 3, 7), tras el pecado original de Adán y Eva se ha producido no sólo un cambio moral sino también un cambio metafísico, es decir, algo que tiene que ver con el modo de ser del hombre. Por el pecado, el hombre pierde la gracia de Dios, y en su naturaleza ahora se hace visible un cuerpo sin gloria: es el desnudo de la pura corporeidad, el cuerpo como algo meramente funcional, un cuerpo que fácilmente la mirada humana puede despojar de toda nobleza y dignidad. Comenta Agustín de Hipona que antes del pecado “el hombre y su mujer estaban ambos desnudos y no sentían vergüenza de estarlo’, y no porque no vieran su propia desnudez, sino porque ésta aún no era indecente, puesto que la libido no turbaba sus miembros contra la voluntad.” (La ciudad de Dios, XIV, 17)


Hace tanto tiempo que no veo una mujer desnuda, solía mirarla mientras dormía, así aprendía su geografía, esa desnudez intima que solo yo podía ver su cuerpo desnudo respirando suavemente, dibujado apenas por las sabanas y lleno de luna.

Una mujer desnuda llena de luz y de gozo el alma.

CASIDAS IV
CASIDA DE LA MUJER TENDIDA

Federico García Lorca.

Verte desnuda es recordar la Tierra.
La Tierra lisa, limpia de caballos.
La Tierra sin un junco, forma pura
cerrada al porvenir: confín de plata.

Verte desnuda es comprender el ansia
de la lluvia que busca débil talle
o la fiebre del mar de inmenso rostro
sin encontrar la luz de su mejilla.

La sangre sonará por las alcobas
y vendrá con espada fulgurante,
pero tú no sabrás dónde se ocultan
el corazón de sapo o la violeta.

Tu vientre es una lucha de raíces,
tus labios son un alba sin contorno,
bajo las rosas tibias de la cama
los muertos gimen esperando turno.

El artista y la modelo,
 España - Francia (2012)

Duración: 104 min.
Música: Varios
Fotografía: Daniel Vilar
Guión: Fernando Trueba y Jean-Claude Carrière
Dirección: Fernando Trueba
Intérpretes: Jean Rochefort (Marc Cros), Aida Folch (Mercè), Claudia Cardinale (Léa), Chus Lampreave (María), Götz Otto (Werner), Christian Sinniger (Emile), Martin Gamet (Pierre), Mateo Deluz (Henri).