sábado, 9 de marzo de 2013

Dos poetas del exilio, dos puentes.



Adolfo Sánchez Vázquez iniciando ese 25 de mayo de 1939, junto a más de 1.600 compatriotas, el viaje que volvió a unir los dos mundos, no con el animo del conquistador, sino como el del amigo, el del camarada, así se dio inicio del exilio español, embarcandose en el puerto francés de Sète a bordo del Sinaia rumbo al esa mar desconocida, rumbo al exilio en Mèxico), de esa travesia, existen recuerdos que el cita, dos sobresalen: el día en que desde la cubierta avistaron por última vez las costas de España, al paso por el estrecho de Gibraltar, y el octogenario escritor Antonio Zozaya pronunció unas emotivas palabras de despedida, y la mañana en que Juan Rejano, compañero de camarote en la bodega del buque, le recitó su conocido poema: “Como en otro tiempo por la mar salada / te va un río español de sangre roja /, de generosa sangre desbordada. / Pero eres tú, esta vez, quien nos conquistas / y para siempre, ¡oh vieja y nueva España!”.

El Sinaia llegó al puerto de Veracruz el 13 de junio y fue recibido de modo entusiasta por más de 20.000 obreros y altos representantes del Gobierno y el pueblo mexicanos. Ese puerto sería llamado después Puerto de la Libertad, pues hasta 1942 arribarían a sus muelles un total de 30.000 españoles sin patria. Puede que Sánchez Vázquez fuera el último poeta sobreviviente de esa primera travesía, en la que quizá alumbró dos sonetos clave para identificar el doble sentimiento de nostalgia y dolor que respiraron las víctimas de aquella diáspora. “El alma la modela el sentimiento / y se exaltan las viejas primaveras”, dice el poeta en el primero. “¿En qué región del aire, en qué mares / –¡oh latitud humana del tormento! / tuvo el crimen tan claro yacimiento / y la muerte más vivos hontanares?”, se pregunta en el segundo.


Adolfo Sánchez Vázquez

Tres poemas
 
Al héroe caído

Tu corazón caliente, derribado,
levanta un estandarte en la mañana
por la pendiente del dolor cruzado.

Contra el rumbo del aire, se devana
gran madeja de muerte en tu cintura
enredada de sangre en tu ventana.

Entre nieblas de pólvora, va oscura
la mano que te lleva hacia estaciones
que clavarán la muerte en tu espesura.

¡Camaradas, de esbeltos corazones,
vedle, muerto, caído, prisionero,
del ataque de mudos tiburones!

¡Vedle, pronto, vosotros, marinero,
aviador, tanguista, combatiente,
navegando sin vida, sin remero!

¡Qué se aparten las manos de su frente,
que en pañuelos de sangre, no vencida,
van bordando un gemido transparente!

De pie, junto a su mano descendida,
firmes estamos, el fusil al brazo,
muro ardiente sobre la pena erguida.

Yo sé esperar
 
Si para hallar la paz en esta guerra
he de enterrarlo todo en el olvido,
y arrancarme de cuajo mi sentido
y extirpar la raíz a que se aferra;

si para ver la luz de aquella tierra
y recobrar de pronto lo perdido,
he de olvidar el odio y lo sufrido
y cambiar la verdad por lo que yerra,

prefiero que el recuerdo me alimente,
conservar el sentido con paciencia
y no dar lo que busco por hallado,

que el pasado no pasa enteramente
y el que olvida su paso, su presencia,
desterrado no está, sino enterrado.
 
Al dolor del destierro condenados

Al dolor del destierro condenados
—la raíz en la tierra que perdimos—
con el dolor humano nos medimos,
que no hay mejor medida, desterrados.

Los metales por años trabajados,
las espigas que puras recogimos,
el amor y hasta el odio que sentimos,
los medimos de nuevo, desbordados.

Medimos el dolor que precipita
al olvido la sangre innecesaria
y que afirma la vida en su cimiento.

Por él nuestra verdad se delimita
contra toda carroña originaria
y el destierro se torna fundamento.


Pedro Garfias

Pedro Garfias nació en Salamanca el 27 de mayo de 1901. En 1918, Pedro Garfias se traslada a Madrid, para cursar estudios de Derecho que nunca terminó. Desde esa fecha hasta 1921, formó parte del movimiento poético vanguardista más importante de este siglo, el ultraísmo. Cuando abandona a los ultraístas, funda la revista Horizonte, que en el año de su fundación conseguía publicar trabajos de Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Jorge Guillén y Federico García Lorca entre otros. En 1938 obtuvo el Premio Nacional de Literatura por su libro Poesías de la guerra española. En abril de 1939 marcha a Inglaterra donde escribe su libro fundamental “Primavera en Eaton Hasting”. Ese mismo año embarca hacia México. El 9 de agosto de 1967, Pedro Garfias murió en Monterrey (México). Entre sus obras destacan: "El ala del Sur" (1927), "Poesías de la guerra" (1937), "Héroes del Sur" (1938), "Primavera en Eaton Hastings" (1939), "Poesías de la guerra española" (1941) y "De soledad y otros pesares" (1948).

 

Pedro Garfias escribió: "Se ha producido en toda España una explosión de barbarie... Este levantamiento criminal de militarismo, clericalismo y aristocratismo de casta contra la República democrática, contra el pueblo, representado por su Gobierno del Frente Popular, ha encontrado en los procedimientos fascistas la novedad de fortalecer todos aquellos elementos mortales de nuestra historia... Contra este monstruoso estallido del fascismo... nosotros, escritores, artistas, investigadores científicos, hombres de actividad intelectual... declaramos nuestra identificación plena y activa con el pueblo, que ahora lucha gloriosamente al lado del Gobierno del Frente Popular..." El poeta se marchó a las trincheras siendo nombrado Comisario político del Batallón Villafranca en el frente sur. Tras la derrota cruza la frontera con Francia donde es internado en un campo de concentración. Consigue llegar a Escocia y más tarde fue evacuado en el buque frances Sinaia con otros 1.620 republicanos al Mejico de Lázaro Cárdenas, donde moriría.

Yo sé que ya mi voz se va perdiendo...
1953

A Pedro Camacho

Yo sé que ya mi voz se va perdiendo,
yo sé que ya mis ojos vuelan poco,
sé que de tanto ya sentirme loco
loco me estoy volviendo.

Sé que mi amor sé fue sin haber sido,
que mi vida se va porque así quiere,
y que mi anhelo de vivir se muere
en pasmo convertido.

Sé que esto ya no cuenta y que no es cuento
ni el velo ni el desvelo de la noche.
Apenas siento deslizarse el río.

Al corazón pongo el oído atento.
Como Rubén siento pasar un coche
y pasa por mi carne un largo frío.
 
El iba solo...

Él iba solo
tambaleándose...

Borracho de amor,
borracho de hambre,
borracho de alcohol,
quién sabe.

Él iba solo
tambaleándose.

Pasear contigo en soledad perfecta...

Pasear contigo en soledad perfecta
fondo azul de colinas y a los lados
árboles comprensivos y vigilantes
el doble paso caprichoso y lento.

Pasear contigo en soledad callada
al través de un  silencio transparente
la frente levantada al sol que sube
orgulloso del brío de su vuelo.

Pasear contigo por la superficie
de redondez suave de la tierra
con lentitud perseverante y noble...
contigo y tu recuerdo y tu esperanza.

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