domingo, 4 de julio de 2010

Canek - Ermilo Abreu Gómez

CANEK
Ermilo Abreu Gómez

Hay quien dice que los libros se releen, yo no lo creo, para mi cada vez que leo un texto que me gusta es como hacerlo por vez primera, siempre me llena de gozo y de curiosidad, Canek es un libro que he leído muchas veces y como navegante en naos en mares ignotos, lo voy conociendo, lo voy viviendo.

Ermilo Abreu Gómez me ha hecho sentir, este texto es de aquellos que entran lentamente por los poros, que van llenando todo de colores, de imágenes, de sensaciones, este texto es para mí un imprescindible, hoy les comparto esta aventura, este gozo, el placer.

Solo un poco de historia, Jacinto Canek realmente existió, fue un indio maya que se rebelo contra los Dzules, los blancos, los demonios, el decía:

"Hijos míos muy amados: no sé qué esperáis para sacudir el pesado yugo y servidumbre trabajosa en que os ha puesto la sujeción a los españoles; yo he caminado por toda la provincia y registrado todos sus pueblos, y considerando con atención qué utilidad o beneficio nos trae la sujeción de España [..] no hallo otra cosa que una penosa [..] servidumbre."

"Los señores son rojos. Ellos dicen que son blancos. Los señores son rojos. Son rojos como la mancha del Oriente que los trajo; como el fuego que brota de sus manos; como el oro que se enciende y se arisca en sus barbas; como la palabra que estalla en sus bocas; como las llagas de sus dioses; y como el grito de las vírgenes que desgarran, sin advertir que son avecillas ciegas. Los señores son rojos".

Jacinto Canek - 1761, el día 19, tras unas festividades populares en el poblado de Cisteil, cerca de Sotuta en Yucatán

Que disfruten a Ermilo Abreu con su Canek.
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CANEK

Junto al brocal del pozo se trenzó la algazara de los peones. Se había roto la soga con que se sacaba agua. El cubo se fue al fondo del pozo. No era posible perderlo; una y otra vez echaron el garabato. Sus ganchos removían el limo, se trababan en los yerbajos, y el cubo no salía. Era un cubo labrado, de madera negra. Lo notaría el amo. Los peones arriaron hasta el fondo a Canek. Su voz se oía velada, como si saliera de las entrañas de la tierra.

Cuando Canek salió dijo:

—Desde el fondo se ven las estrellas.

Guy dijo a Canek:

—Oye, Jacinto, se fue el cubo al fondo del pozo.

— ¿Otra vez?

—Yo bajo por ti.

—¿Tú?

—También yo quiero ver las estrellas.

Canek y Guy salieron de caza. Canek llevaba el arco y Guy las flechas. Se dirigieron a las madrigueras de los conejos. Caminaron por el monte y avanzaron hacia un descampado pedregoso. Las madrigueras estaban ahí. Canek pidió las flechas, y Guy, tímido, con sus ojos dulces, como de conejo, mostró el morral vacío. Canek no dijo nada y los dos regresaron silbando

Ni una nube

El sol se deslíe en viento de brasa.

—Niño Guy —dijo Canek—, ni una nube.

Si no llueve pronto, se perderán las cosechas.

Al día siguiente Guy encendió una hoguera

y con ímpetu se puso a soplar con su boca

y a aventar con las manos las columnas

de humo que subían.

Canek le preguntó:

—¿Qué haces?

—Nubes, Jacinto, nubes.
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La muerte del niño Guy

Al volver del patio, el niño Guy preguntó a Canek:

- ¿Verdad que no hay frío, Jacinto?

- Anoche sentí frío, niño Guy.

- Pues yo desperté dos veces y sudaba.

Al día siguiente. Al volver del corral, volvió a preguntar:

- ¿Sentiste frío anoche, Jacinto?

- Más que anoche dormí sin cobijas y sudé a mares.

Al día siguiente el venadito recién nacido durmió bajo las cobijas del niño Guy.

Desde que bajó el sol, el niño Guy salió al patio y se sentó en el brocal del pozo. Hablaba y esperaba que su voz cayera al fondo; entonces se complacía en oír el eco que volvía a él, húmedo como desleído en la sombra, como acariciado por la distancia.

Canek decía que el niño Guy iba mejorando de salud. Las tías de Guy opinaban lo contrario.

Cuando Guy regresó del campo se dobló como espiga y se quedó dormido. Canek le acostó sobre la yerba; se sentó a su lado y veló su sueño. Bajo la sombra de sus manos, Canek sintió que descansaba. Sin hablarle, en la paz de sus ojos cerrados, leyó el mensaje bueno que vivía en su espíritu.

Guy no puede dormir. La noche es ácida y los vientos del sur caen pesados sobre la tierra calcinada mientras un polvo amarillo entenebrece los luceros. Guy no deja de toser. A veces sonríe apoyando su cabeza en las manos de Canek le cuenta cuentos viejos.

Apenas amaneció, el niño Guy pidió agua. Había pasado la noche con angustias y sudores. Canek tomó la jarra de agua serenada y se la dio.

Guy bebió con ansia casi dolorosa. Después preguntó:

Guy bebió con ansia casi dolorosa. Después preguntó:

- ¿Por qué es tan buena el agua serenada, Jacinto?

- Porque está llena de la luz de los luceros. Y la luz de los luceros es dulce.

- ¿Es cierto, Jacinto, que los niños que se mueren se convierten en pájaros?

- No sé, niño Guy.

- ¿Es cierto, Jacinto, que los niños que se mueren se vuelven flores?

- No sé, niño Guy.

- ¿Es cierto, Jacinto, que los niños que se mueren van al cielo?

- No sé, niño Guy.

- Entonces, Jacinto, ¿dime qué les pasa a los niños que se mueren?

- Los niños que se mueren, niño Guy, despiertan.

Amaneció muerto el niño Guy. Nadie le vio morir. Entre los pliegues de su hamaca parecía dormido. Tenía en los labios, pálidos, finísimos, una leve sonrisa también dormida. Canek, sin hacer ruido, en un rincón lloraba como un niño.

La tía Charo se acercó le tocó el hombro y le dijo:

- Jacinto, si no eres de la familia, ¿por qué lloras?

Canek recordó lo que Guy había escrito en la arena:

Mamá: quisiera ser el huésped de tus ojos.

La muerte de Guy y la desaparición de Exa han entristecido el corazón de Canek. Le brilla una lumbre negra en los ojos. Sentado en el pretil de la noria pasa las horas. Junto a él tiene un cayado que no necesita. A veces se levanta y pasea por la acequia. Es como si ensayara un viaje. A veces habla. Es como si ensayara una oración. A veces alza los brazos. Es como si mandara.

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