domingo, 12 de septiembre de 2010

México 13 de septiembre 1847


Ese año México pierde un poco más de la mitad de su territorio, los Estados Unidos, poder iracundo y devastador, hambriento y terrible se lanza sobre nuestro territorio, el Álamo son masacrados los filibusteros que se creían dueños de un territorio en el cual solo eran huéspedes –en el mejor de los casos-, así que si bien se masacro, se hizo con filibusteros, invasores de una nación soberana, sin embargo, ese pretexto junto con el que los mexicanos no entendemos el principio divino (Dios les habla a ellos, son el nuevo pueblo elegido) que dice “Time is Money”, solo entendemos ese que dice, vive, goza tu tiempo, construye, comparte, aman descansa.

Así fuimos invadidos y despojados, más como en toda historia, siempre hay hombres y mujeres que no admiten injusticias, que no admiten la traición, en nuestra historia fueron soldados del ejército norteamericano del Batallón de San Patricio, solo un poco de memoria para recordarlos a ellos y a todos los que combatieron contra los invasores, pero también para honrar en estos tiempos festivos de centenarios y bicentenarios a esos mexicanos que de un solo golpe dejaron de ser ciudadanos para ser extranjeros en su propia tierra, la historia siempre se da bajo nuevos matices y actores, los habitantes naturales de estas tierras fueron despojados de su tierra, su cultura, su sentido de vida por los conquistadores, nueva historia, mismo guión, los dejo con un breve articulo de Marcos Rascón:
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Batallón de San Patricio en la guerra 1846-1847.

Ligados a la causa de nuestra independencia en la guerra contra la intervención estadunidense, los San Patricios son una espina para el imperio norteamericano, así como lo fue Gonzalo Guerrero, en Yucatán, durante la Conquista combatiendo contra Pedro de Alvarado y haciendo suya la causa maya, que le ganó el reconocimiento de ser una espina en el corazón de España.

Más de 800 irlandeses, encabezados por John Riley –de quien Daniel Molina escribió una magnífica novela y biografía–, se integran al Ejército Mexicano como batallón y participan en las batallas de Monterrey, Buenavista, en Cerro Gordo, Churubusco y la ciudad de México. Paradójicamente, son abanderados y reconocidos por Antonio López de Santa Anna, que en la primera etapa de la intervención estadunidense, luego de que las armas mexicanas ganaban batallas, él ordenaba la retirada. Pese a todo, los estadunidenses desistieron de invadir por el norte y entraron por Veracruz hasta llegar en agosto de 1847 a la ciudad de México luego de la batalla de Cerro Gordo, en Veracruz.

Aquí en la ciudad de México, del 20 de agosto al 13 de septiembre, se dan las batallas de Churubusco, Molino del Rey y Chapultepec, siendo la más encarnizada e importante la primera donde los San Patricios junto a los mexicanos resisten, mueren y son prisioneros. El 13 de septiembre de 1847 cuando sólo se conmemora a los Niños Héroes de Chapultepec. Ese día en la plaza de San Jacinto se colocó un gran cadalso para ejecutar a 48 irlandeses de 71 condenados de otras nacionalidades acusados de traidores. El general Winfield Scott ordenó que fueran ahorcados viendo hacia Chapultepec al momento en que se izaba la bandera de la las barras y las estrellas en el castillo para que fuera su última visión en la vida.

Al día siguiente se firmó la capitulación de la capital. Los invasores realizaron un desfile triunfal desde la Alameda hasta el Zócalo por Plateros (hoy Madero). Mientras se izaba la bandera estadunidense en Palacio Nacional un francotirador mexicano mató al soldado invasor que la levantaba. Al mismo tiempo, los habitantes los apedreaban al paso del desfile, hiriendo con una piedra al general Scott. Una dama de nombre Martha Hernández envenenó dulces para ofrecerlos a los soldados estadunidenses, mientras en otros puntos de la ciudad desde las ventanas lanzaban hasta cadáveres para detener a los soldados invasores.

Cuenta la leyenda que los sobrevivientes del batallón terminaron sus días fundando el pueblo de San Patricio a un lado de Barra de Navidad, en la costa de Jalisco. En un viaje con Phil Kelly buscando algún testimonio, nadie sabía nada de esta historia, pero al final de la visita le pedí que fuésemos a la playa de al lado, llamada Melaque, muy conocida, y Phil preguntó: ¿Cómo? Melaque, respondí. “No –me dijo, en su español imperfecto–, es Mélaqui o Melaquías, el otro santo patrono de los irlandeses católicos que seguramente acompañó a los artilleros del San Patricio y que luego se mexicanizó, borrando huellas.”

Ricos y pobres, hay una enorme raíz irlandesa en México, muchos de ellos cambiaron su nombre y lo mexicanizaron como el mismo Riley, registrado en el Ejército Mexicano como Juan Reley. Con ellos la primera promesa incumplida no son las tierras que se ofrecieron, sino la memoria de su gesta y el reconocimiento como parte de nuestra cultura nacional. Gonzalo Guerrero, el vasco Javier Mina, Riley y los del Batallón de San Patricio, son lo opuesto al malinchismo y una forja de nuestra independencia, pero también del gran valor del internacionalismo y la solidaridad sin fronteras.

Este 7 de septiembre Phil Kelly cumpliría 60 años; murió aquí hace 15 días, pintando la ciudad de México, playas, paisajes y nuestro caos. Phil es parte de la aportación irlandesa, de unos que lucharon por nuestra independencia y él por nuestra identidad cultural.

Celebremos con ellos y en su memoria el bicentenario de nuestra independencia.

Marcos Rascón “La Jornada” 17 de agosto de 2010