miércoles, 26 de noviembre de 2008

El espirítu de la palabra


La palabra.

La palabra nos fue dada cuando nos crearon, nos fue dada para que con ella, creáramos cercanías o lejanías, para construir puentes o abrir barrancos, para recordar y olvidar, para amar y causar dolor, la palabra nos fue dada por que es la voz del alma y del espíritu.

La palabra puede ser fuerte como el trueno, suave y tierna como la brisa marina al atardecer, la palabra puede ser terrible como un caos o puede ser luz y testimonio, la palabra puede ser celebración.

Solo quien conoce la palabra la sabe usar, sin embargo es un instrumento que devasta en boca de los egoístas, los mentirosos, los cobardes, los aduladores.

Cuentan que cuando los hombres quisieron llegar al cielo, construyeron una torre muy alta, desafiando a Dios, este molesto hizo que los hombres hablaran diferentes lenguas y que no se entendieran entre si, por ello, por no entendernos no alcanzamos el cielo.

La palabra puede ser un rezo o una canción, un discurso o una declaración de amor, la palabra puede ser un acto de redención o de rabia, puede sra alegría y libertad o cadenas y dolor, juego y alegría o tortura.

En la palabra se encuentra el espíritu divino, por ello debemos conocerla y usarla con prudencia, tolerancia y sabiduría.

Recuerdo un breve párrafo de Primo Levi que tanto me describe a mí, pero que habla con precisión del sentido de la palabra:

“Debo admitir una inferioridad total mía: nunca he sabido devolver el golpe, no por santidad evangélica ni por aristocracia intelectualista sino por incapacidad intrínseca. Quizá por falta de educación política seria; en realidad no hay programa político, ni el más moderado y menos violento, que no admita algún tipo de defensa activa. Tal vez por falta de valor físico; lo tengo hasta cierto punto ante las catástrofes naturales y la enfermedad, pero he estado siempre totalmente desprovisto de él ante la persona que arremete.

Cambiar los códigos morales es siempre costoso: todos los herederos lo saben, los apostatas y los disidentes. Ya no somos capaces de juzgar el comportamiento nuestro (o el ajeno) que tuvimos bajo los códigos de entonces, basándonos en el código actual; pero me parece justa la cólera que nos invade cuando vemos que alguno de los “otros” se siente autorizado a juzgarnos a nosotros “apostatas” o, mejor dicho, convertidos otra vez.

La ascensión de los privilegiados, ( ) en todo lugar de convivencia humana, es un fenómeno angustioso pero inevitable: sólo en la utopías existe. Es deber del justo hacer la guerra a todo privilegio inmerecido, pero no debemos olvidar que se trata de una guerra sin fin. Donde hay poder ejercido por pocos, o por uno solo, contra muchos, el privilegio nace y prolifera, aun contra el deseo del poder mismo; pero es normal que el poder lo proteja y lo estimule.”

Entonces las palabras pueden ser usadas para denostar, para volvernos serviles y humillar, las palabras son un acto político o un esfuerzo del alma, las palabras son huerto y fruto, vid y uva, vino y sangre. La palabra se puede comer rápido o despacio, sazonarse y condimentarse, se pueden hacer todo tipo de pasteles y platillos, la palabra puede tejerse con cuidado, con voluntad y frescura, la palabra es buen alimento y cobija, nos cuida y nos alimenta.

Alejandro.

No hay comentarios:

Publicar un comentario